Depresión

O cómo la falta de esperanza y el desánimo no nos permiten vivir, tan solo sobrevivir.

Ansiedad

O cómo el miedo condiciona nuestro presente.

Trauma

O cómo nuestro organismo se ha visto desbordado por experiencias abrumadoras.

Crianza

O cómo sanar nuestras propias heridas y psicoeducarnos, nos permite ofrecer a nuestros hijos lo mejor de nosotros, aceptarlos tal y como son, y ayudarles a desarrollarse plenamente, estableciendo límites firmes con una actitud amorosa y de cariño, libre de juicio hacia lo que ellos son.

Los astronautas

Llegué a Laura Ferrero y a «Los astronautas» por casualidad, curioseando en Instagram. La primera lectura de una de sus publicaciones me enamoró de su forma de contar, de narrar…  He disfrutado mucho la novela y las entrevistas en las que Laura contaba el proceso de escritura del libro. El interés que este libro tiene desde un punto de vista psicológico, viene de la mano de la protagonista, una niña cuyos padres se separan cuando tiene dos años, y que cuenta cómo se da cuenta, ya de adulta, de que ella, por un breve espacio de tiempo, tuvo una familia. La importancia del sistema familiar, del lugar que ocupamos y el rol que jugamos, de los mandatos familiares…, queda patente en esta historia donde la protagonista narra cómo percibe su vida, su infancia, a sus padres y sus nuevas parejas, a sus hermanos y tíos… y a los monstruos que la visitan. Cuando somos niños, nuestra percepción de cómo son las cosas lo es todo. Poco importa si se corresponde o no con la realidad de los adultos del entorno, porque esa percepción construye la realidad, y de niños no tenemos las herramientas para cuestionarnos la realidad percibida. No hay dudas. Las cosas son como yo las veo…. y si tal y como son no puedo asumirlas, inventaré otra realidad más llevadera.

Durante mi niñez y adolescencia recuerdo haber escuchado muchas veces que no hay amor más grande que el de un padre/madre por sus hijos. Pero poco se habla de que el amor más puro e incondicional es el de un niño por sus padres. Ojalá todos los padres pudiéramos amar de ese modo a nuestros hijos, prestándoles la atención que necesitan y merecen, valorando a priori el impacto en ellos de nuestros actos y decisiones, teniendo en cuenta la lectura que harán según su momento de desarrollo. Ojalá pudiéramos amarlos sin expectativas poco realistas de lo que es la crianza, de lo que serán y harán en el futuro… Amarles libres de las exigencias de lo que deben ser, aceptando y disfrutando lo que ya son. 

Crianza y culpa

La culpa es una emoción muy incómoda. Por eso resulta habitual huir de ella, desoyendo lo que viene a decirnos. Escuchar lo que nos dice, sin embargo, aunque difícil y doloroso, nos permite reparar el daño si es posible y, sobre todo, aprender de la experiencia para no herir de nuevo.

En nuestro rol de padre o madre, es normal cometer errores, con mayor o menor impacto en nuestros hijos. En ocasiones ante el sentimiento de culpa que esto genera, veo que se trata de aliviar el malestar quitando importancia a lo sucedido con frases como: ¿pero qué culpa? no somos perfectos, deja de exigirte. Hiciste lo que pudiste… y se intenta apartar el episodio y pasar página. Pero si lo apartas, si no analizas lo que pasó y qué te impidió hacer lo correcto a pesar de saber que lo era… ¿cómo sabes que no se repetirá? ¿Cómo sabemos que mantendremos el control la próxima vez, o que no humillaremos, o que no invalidaremos…?

Somos humanos y cometemos errores. Y esto es compatible con el hecho de que al cometerlos, podemos causar una herida, un daño…, y que debemos reparar y hacer lo posible para que esto suceda lo menos posible. La madurez emocional implica hacernos cargo y responsabilizarnos de los errores, sin por ello quemarnos en la hoguera.  Responsabilizarse no conlleva instalarse en la culpa, y si sucediera, pide ayuda, pídeme ayuda. Pero, por favor, no desatiendas tu responsabilidad como padre minimizando el impacto de tus errores, aunque éstos sean perfectamente humanos.

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